Etiopía

Etiopía: Impresiones de una viajera

Etiopía es un país del que todo el mundo “cree saber”, pero en realidad es un conocimiento desfasado en más de 40 años.

Este viaje a Etiopía tenía un punto de partida quebrado, puesto que un tercio del país de Norte a Sur lo habíamos dejado de lado en nuestra ruta. Razones no faltaban ya que hubiera requerido más días y sufrir condiciones climatológicas  muy duras, hasta 50º, añadiendo la proximidad a zonas de posibles conflictos como la antigua Eritrea.

Ha sido un viaje dirección Norte-Sur a través de los dos tercios de extensión en que virtualmente la hemos dividido.

A pesar del conocimiento teórico del territorio es un “país sorpresa”. Porque no esperas encontrar tantísimo color verde. Bosques de coníferas y de caducifolios según la altitud, bosques galería (selva paralela a las orillas de los ríos que, por cierto, hay muchos). ¡Oh sorpresa! Manglares en las orillas de grandes lagos, el agua no falta.

Cultivos en bancales (terrazas escalonadas). Agricultura extensiva y además intensiva (segaban cereales al estilo posguerra española, con la hoz y aventando). Frutales que espontáneamente producen alimento fácil y barato, sobre todo  papaya y banana. Verduras variadas y alguna original, como la “moringa”, de uso sanitario también.

¡Y más sorprendente! El ganado vacuno es el amo de todos los espacios, pasea parsimoniosamente por carreteras, caminos, calzadas urbanas… y a nadie le molesta. Lo sortean hábilmente, se bajan del vehículo y procuran despertarlos del sesteo que hacen en medio de la carretera, cuando el pastor está dormido en la cuneta o el arcén. Son unos bovinos no muy grandes, no muy gordos, pero con una piel lustrosísima debido a la cantidad de pastos qye la tierra ofrece. No faltaban rebaños de cabras (más domésticas) ni de ovejas y el olor a buen asado de carne impregnaba el ambiente de muchas aldeas.

El ambiente rural es apacible y refleja el gran trabajo de la mujer, que transporta grandes fardos de leñas a sus espaldas por caminos largos y con cuestas bastante pronunciadas. Por cierto, pocos, pero vimos algunos burritos con carga.

Caminos y carreteras tienen un gran tránsito de estudiantes  de distintas edades, algunos uniformados, a los que las distancias no les asustan y cuyos cuerpos reflejan la obligada costumbre de andar y lo sano de su alimentación.

Las ciudades son otra cosa. Gentío incesante en movimiento, grandes colas para  los autobuses, bullicio estudiantil sobre todo de escuelas secundarias. Y también juventud universitaria. Anarquía total de tráfico, a pesar de algún semáforo. Con los animales que pasan olímpicamente del mismo. Mercaderías que ocupan aceras y rincones insospechados. Obras de asfaltado y mejoras que son extensas y paralizantes. Habitáculos de materiales de desecho, pequeños, que pueden lindar  con grandes edificios de oficinas y bancos. La densidad de población es altísima y por  otra parte refleja gran tranquilidad y sobre todo acomodación al ritmo que allí lleva el devenir de las cosas. Lo que no quita que haya algarabía y bullicio.

El silencio es, sin embargo, el amo de los templos, ortodoxos la mayoría,  y sus alrededores que hemos visitado. Los fieles son fervientes devotos a los que no les interesa para nada lo que sucede a su alrededor, es decir, el turismo ávido de fotos de cualquier rincón, de absorber los colores fuertes de las pinturas religiosas, vibrantes pero armoniosos y donde el “horror vacui” se apodera de todos los espacios. Para ellos concentrarse en la oración es lo máximo.

De todo lo vinculado al “hombre” que he visto me ha dejado menos satisfecha la necesidad, especialmente de los jóvenes, a sumarse a nuestra cultura  consumista, presumiendo de cualquier móvil, moto… y de vestirse  a  la europea  en especial con camisetas que en algunos casos como en las tribus del sur  modifican su atuendo en los bailes étnico-folklóricos, manteniendo una faldita de algodón (los hombres) y cubriendo el torso innecesariamente con camisetas, algunas incluso de equipos de fútbol españoles.

La mayor satisfacción, encontrar el esqueleto de Lucy, la primera mujer, símbolo de la cuna de la Humanidad.

El mundo ha evolucionado mucho y Etiopía lo está haciendo  lo más rápido  que le dejan. Materias primas no les faltan, población joven tampoco, ni la natural convivencia entre  las dos religiones predominantes (cristianos ortodoxos y musulmanes). Esperamos que en una década este país vuelva sorprendernos positivamente como lo ha hecho ahora.

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